domingo, 10 de julio de 2016

23:21




Hacía mucho tiempo que no me perdía entre palabras, puede que sea por el miedo que produce enfrentarse a un papel en blanco. Hace unos días que he ido a ver el mar y estaba como lo recordaba, intenso, inmenso, como la vida. En una librería perdida del centro recordé porque escribía y porque he pasado media vida entre palabras. Porque a veces duele, a veces todo huele a nostalgia y la vida es una página que nos resistimos a pasar. He vuelto al museo desde el que lancé todas mis penas hace dos años, ahora lo han reformado y desde la planta número diez se puede soñar. He vuelto a lanzar la nostalgia para que deje de doler, pero se ha quedado, la muy puta.

Los sábados por la noche saben a soledad y tengo un libro que aún tiene arena entre sus páginas, como si quisiera recordarme que el mar siempre está ahí para mí. Tenemos una casa que es pequeña y la única ventana tiene vistas al metro. A veces quiero abrir la ventana y gritar y que alguien me reconozca en la distancia. El grito siempre se queda dentro y quema. Oye, que los sábados duelen cuando no estás cerca para calmar los nervios y la ansiedad. Que esta ansia de vivir no se cura viviendo, se cura contigo. Puede que me haya pasado con el café, nunca me sentó bien el café de las 7 de la tarde. Puede que no vea nunca más a una de las personas más importantes de mi vida. Puede que crezca en otro lugar, y se olvide de mí y recuerde siempre lo mucho que le gustaba jugar con coches.

El metro sigue siendo un laberinto lleno de desconocidos que no van a ninguna parte. Este corazón sigue perdido sin saber a dónde ir. He perdido personas y he ganado batallas estos años, la ciudad que me acogió ahora quiere que aprenda de los golpes. He soportado días dolorosos y he resurgido de mis cenizas. He demostrado ser más fuerte que nadie y me he descubierto débil cada mañana, antes de enfrentarme a la vida. Llevo golpes acumulados en la frente y tengo unos ojos que no se cansan de buscar más allá. Más allá de las palabras, de los edificios, de las pisadas, de las manos que se alejan, de lo que duele.

He perdido la magia a la hora de conjugar palabras, ya no saben a nada, se han convertido en pensamientos inconexos que me llevan de un lado a otro. Como una camiseta zarandeada por el viento en un tendal. Como si un café no fuera suficiente, como si la vida no fuera suficiente, como si cada vez que mi padre me visita en sueños me dijera entre susurros: Vive, pequeña. Recuerdo cuando era más joven y aún no sabía nada de la vida y observaba como alguien pintaba lienzos durante horas. Recuerdo que el mundo se me antojaba inmenso y quería recorrerlo de principio a fin. Ahora la ansiedad solo se cura viajando.

Son las 23:21 y en mi habitación que sólo tiene una ventana vuelve a sonar Damien Rice, hay silencio. He puesto nuevos cuadros. El futuro es una azotea de Barcelona con un gato tumbado al sol enfrente del balcón. El futuro huele a nuevo, a un libro siendo estrenado, a una flor recién cogida del campo, a la comida de mamá, a su abrazo.

El futuro es lo único que nos queda.

Aprovechémoslo.